Relatos de magias (8): Telépatas

// marzo 10th, 2020 // Relatos

En 2006 mantuve una sección fija en Radio 5 Todonoticias, narrando historias del mundillo del ilusionismo. Algunos relatos parecen exagerados -es lo que tienen las tradiciones de cualquier gremio- y a veces lo que se cuenta de un mago se atribuye también a otros. Pero como sucede siempre, aquello que parece ficticio suele ser lo verdadero.

¿A quien no le gustaría adivinar si no el futuro, al menos el pensamiento ajeno? En esta fantasía de omnipotencia se apoya el éxito del telépata profesional. El secreto esta al alcance de muchos ilusionistas, aunque una presentación verosí­mil sea virtud de muy pocos profesionales:

Ahí­ el profesor Onofroff, hipnotizador en los teatros de Europa y América a principios del siglo XX. Digno alumno suyo, El Profesor Alba, asombraría con sus experiencias de transmisión del pensamiento e hipnosis colectiva. Retirado a mediados de los cuarenta, uno de sus hijos relanzarí­a al personaje, logrando así­ para los públicos el prodigio de la extrema longevidad, a imitación quizá del dieciochesco taumaturgo conde de Saint-Germain, Ése que tuvo fuerzas y cara para presentarse en nuestro siglo pasado en un programa de José María Iñigo.

En el mentalismo de verdad, osease el de mentira, que es el único de verdad, el artista todo técnicas secretas y habilidades entrenadas, establece una puesta en escena para manipular las emociones del público. Su dificultad frente a otros géneros del ilusionismo reside en que debe conseguir del auditorio la suspensión de su sentido crítico. En otras palabras: un juego de cartas puede verse desde la entrega del asombro o desde la plena consciencia de que allí­ hay trampa y admirar la habilidad. El arte del mentalista reside menos en el éxito de sus experimentos concretos y más en provocar una entrega mental, por tenue que sea. De hecho crear una atmósfera de duda razonable es mucho más efectivo, a efectos artí­sticos, que una entrega ofuscada… que se lo digan a Zongo, que allá por los años treinta -me contaba- salvó el pellejo gracias a la Guardia Civil, pues un público demasiado entregado no podí­a creer, a pesar de decirlo él mismo una y otra vez, que sus prodigios con los naipes eran debidos a sus técnicas secretas y no a sus poderes supuestos… Si yo de verdad, de verdad de la buena, adivinase los pensamientos, más que presentarme como artista teatral, deberí­a hacerlo como fenómeno, al estilo de la mujer serpiente que todavía circulaba por las ferias en los años setenta, alimentándose de inyecciones en la cabeza, según voceaba por megafonía su pregonero.

El respeto a la inteligencia de su público diferencia la experiencia artística de la supercherí­a. Por eso los buenos mentalistas eluden pronunciarse sobre la consistencia de sus poderes, pues necesitan engañar lo suficiente para que la experiencia que nos presentan sea memorable emocionalmente, sin estafar a nadie en su buena fe. Así­ sea.

Si quieres saber de mis magias en este mismo blog o en www.navarcadabra.com

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