Relatos de magias (7): Cosas de tahúres y magos

// marzo 1st, 2020 // Relatos

René Lavand, «la leyenda»

En 2006 mantuve una sección fija en Radio 5 Todonoticias, narrando historias del mundillo del ilusionismo. Algunos relatos parecen exagerados -es lo que tienen las tradiciones de cualquier gremio- y a veces lo que se cuenta de un mago se atribuye también a otros. Pero como sucede siempre, aquello que parece ficticio suele ser lo verdadero.

Hablemos de ilusionistas y fulleros

A la edad de nueve años, en un ya lejano accidente de tráfico en su Argentina natal, René Lavand perdia su mano diestra. De su mano siniestra se ha dicho que es una mano preparada para el delito, pero consagrada a un fino arte, el arte de ilusionar:

Ambas figuras -magos y tahúres-, fascinan como anverso y reverso de una misma moneda con dos caras, trucadas, por supuesto. Más allá del juego en si­, nos fascinan por el poder o la habilidad que les atribuimos para cambiar el destino o alterar el azar. Una vieja fantasí­a de la humanidad tan apta para el arte como para la estafa. Muchas veces jugadores profesionales quisieron sin éxito comprarle a Lavand sus técnicas propias y exclusivas de manipulación a una sola mano. Sin embargo fue generoso con sus compañeros del gremio ilusionista, que le disfrutamos en libros y conferencias. En su dilatada carrera en la elite del ilusionismo internacional, René Lavand (1928-2015), como nos cuenta en su autobiografí­a, tuvo oportunidad de conocer a tramposos de diversa categorí­a. Desde el que se la juega en las calles cambiando las cartas con la mayor sangre frí­a de que es capaz, hasta aquel que viaja de garito en garito alquilando a otros más aguerridos su arsenal de dados cargados o sus barajas marcadas, pasando por un cí­nico fabricante de New York que vendía sus artí­culos trucados a los jugadores de ventaja y otras mercaderí­as escrupulosamente legí­timas a los casinos legales. Y es que éstos no necesitan hacer trampas, les basta con que las reglas de los juegos se establezcan desde un cálculo de probabilidades que ponga el azar a su favor. Por lo demás contratan a expertos, generalmente ilusionistas, que les ponen al cabo de la calle en las últimas trampas que intentan sus clientes. Quizá el más célebre de todos estos expertos haya sido John Scarne, al que todos hemos visto, sin saberlo, prestando sus manos a Paul Newman en la película El golpe, premiada con dos Oscar en 1973.

Jugadores de ventaja y prestidigitadores comparten un bagaje común de técnicas y saberes. Sus caminos se han entrecruzado al menos desde el siglo XVI, época en la que se publican los primeros libros moralizantes advirtiendo a los incautos de las muchas trampas de los pícaros. Pero es en 1902 cuando en EE.UU. se publica bajo seudónimo «El experto en la mesa de juego», obra magna  de las trampas con naipes, de cuya primera edición castellana se ocupó en los años ochenta Juan Tamariz.  Un libro que como dejo escrito su autor: «Puede advertir a los inocentes, ignorantes del engaño, y puede inspirar al astuto ilustrándole en los artificios. (…) Pero no hará vicioso al inocente, ni transformará al jugador ocasional en uno profesional; no volverá juicioso al loco, ni reducirá la cosecha anual de gorriones».

 

©Iurgi Sarasa, 2006

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