¿Qué tienen en común la magia y una montaña rusa?

// septiembre 16th, 2018 // Opinión

Magia montaña rusa de emociones

Un docu en tv sobre John Wardley. Un galardonado diseñador de parques de atracciones y sobre todo de montañas rusas. Confieso que estuve a punto de cambiar de canal, pero me retuvo escuchar que este británico de 66 años antes de triunfar en este campo había empezado como director teatral y luego se dedicó a los efectos especiales, interviniendo en cinco films de la saga de James Bond. Me preguntaba que le atraía a un artista de artes escénicas para transformarse en  ingeniero calculando giros y velocidades. En un sentido práctico la puerta se la abrió darse cuenta de que no había proveedores de esqueletos y otros accesorios similares para los túneles del terror, así que empezó a fabricarlos y eso le metió en la industria. Ahora bien, mi curiosidad iba dirigida a saber qué le atraía de las montañas rusas y de las atracciones de feria como para dejar su profesión inicial.

“Dragón Khan”, de John Wardley, foto tomada de la web de portaventura.es

El objetivo de una montaña rusa es el mismo que en la magia

De pronto dijo que el objetivo del diseño de una montaña rusa es el mismo que el  de un espectáculo de ilusionismo. Vaya, esto me sorprendió. Luego he sabido que Wardley además de montañas rusas ha diseñado trenes por túneles del terror y cosas similares. Su mayor proyecto fue una casa encantada con capacidad para algo más de 1.900 personas transportadas por hora.

tomada de bloggercoaster, foto Xavi Rodriguez

Bien. El objetivo en mente a la hora de diseñar una montaña rusa es crear una serie de emociones en el espectador. Entre las herramientas de que dispone el diseñador encontramos una que podemos emparentar con la magia: la anticipación. Vas sentado en tu lugar y te ves ascendiendo hacia lo alto de la montaña rusa. En esos instantes vas dándote cuenta de lo que te espera, vas anticipando lo que va ocurrir y las pulsaciones se aceleran. De modo similar -y voy a poner un ejemplo muy tranquilo en contraste con una megamontaña rusa- cuando entregas la baraja al espectador y le pides que cuente las cartas, hay un momento en que ves la expresión de incredulidad en su rostro porque cuando ya quedan pocas cartas va anticipando que va ocurrir lo imposible. Su naipe ha desaparecido de la baraja.  Pero lo que anticipas no es nada para lo que sucede.  En el trabajo de Wardley una sucesión de instantes en los que se encadenan giros y caídas en la montaña rusa; la técnica es modificar en un orden preciso la fuerza de la gravedad sobre tu cuerpo. Del mismo modo el mago te ha llevado a un momento imposible; la carta ha desaparecido en tus manos, pero mientras asimilas lo inexplicable viene el mazazo: el naipe aparece en tu propio bolsillo. Hay un elemento más a destacar. En la montaña rusa tú no tienes ningún control sobre el viaje. En el ilusionismo tampoco. Ambos son un viaje cuyas premisas puede que se te hayan comunicado, pero en su desarrollo no intervienes de ningún modo que no haya sido previsto de antemano y que te llevará a otra situación desconocida y por ello emocionante.

Reflexionando en la magia montaña rusa

Comparo a propósito la montaña rusa con la magia con cartas y no con la magia de grandes aparatos, desapariciones, levitaciones, etc. Es para poner de relieve varias cosas:  si bien se mira, la magia simulada que hacemos para entretener al público, es absolutamente banal. No mejora en nada el mundo si un mago dobla una cucharilla con la mente ¿porque no dobla el cañón de la pistola de un asaltante? ¿Si puede adivinar el número premiado en la lotería por qué no lo compra y lo dona a un orfanato? ¿Si puede hacer aparecer billetes por qué ha conducido 200 kms. para entretener la sobremesa de una boda? La misma banalidad encontramos en la montaña rusa. Nos marea porque sí. Sin un objetivo preciso. En ambos casos solo el entretenimiento… pero ¿entretiene que un tipo te haga escoger un naipe y lo adivine? ¿entretiene pagar por marearse unos minutos? ¡Sí! A condición de que despertemos emociones. En otras palabras, solemos decir que a los niños suele importarles más el recorrido, la aventura, la peripecia que va desde la situación inicial hasta la situación final que se resuelve en un efecto mágico. Quizá estamos pensando en esta peripecia en términos narrativos y olvidando que este trayecto no es solo un cuento y que, como los buenos cuentos, produce emociones. Sin emoción no hay magia. Y por eso hay quien puede entretener a mil personas con una baraja y quien no puede ni entretenerse a sí mismo. Lo mismo ocurre con la magia de grandes aparatos ¿cuántos magos no se compran ese o el otro aparato de Copperfield para nada?

John Wardley, foto en towerstimes.co.uk

Hay un momento en el documental en que vemos John Wardley subido a una de sus montañas rusas. Junto a él una muchacha ve alterada sus pulsaciones de 70 a 100, solamente en los primeros instantes, los de la anticipación. Wardley comienza el trayecto con  la misma sonrisa imperturbable con la que lo termina. Para él la emoción es la de ver a los demás pasar por diversas emociones. Cuantas veces los magos, incapaces ya de sentir asombro, buscamos y apreciamos magias más y más complicadas, olvidando que nada importa si no sentimos la emoción a condición de no olvidar producirla y dirigirla a quienes son nuestros públicos.

Así que no se trata de adivinar la carta -saben que de algún modo lo haremos-, ni de cortar a la chica por la mitad -saben que es mentira- sino de despertar emociones. Asombro, alegría, miedo, etcétera. Y esto es en lo que se parece la magia a una montaña rusa. Bueno, la buena magia a la montaña rusa de éxito.

Enlace a un video de 2 minutos

Y más sobre mi trabajo en este blog y en www.navarcadabra.com

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