Relatos de magias (11): La era dorada del ilusionismo…

// agosto 21st, 2020 // Relatos

J. H. Anderson

En 2006 mantuve una sección fija en Radio 5 Todonoticias, narrando historias del mundillo del ilusionismo. Algunos relatos parecen exagerados -es lo que tienen las tradiciones de cualquier gremio- y a veces lo que se cuenta de un mago se atribuye también a otros. Pero como sucede siempre, aquello que parece ficticio suele ser lo verdadero.

La era dorada del ilusionismo ocupa los dos últimos tercios del siglo XIX, cuando la magia pasa de los mercados y tabernas a los salones burgueses y a los grandes teatros (aunque hay antecedentes en la Física Recreativa y en algunas figuras de la Ilustración del siglo XVIII). La era de plata, ocupa algo más del primer tercio del siglo XX, con la adaptación de los magos al teatro de variedades.

A veces nos parece que los públicos de antaño eran más crédulos que los de hoy, vacunados de asombro pues ¿qué puede sorprendernos hoy que se crean universos virtuales? ¿Cuando la radio luego la tv, la carrera espacial, los trasplantes médicos o romper la velocidad del sonido ya nos parecen cosas anticuadas?:

Pero aquellos públicos de entonces vieron la revolución industrial, los comienzos o el desarrollo de la electricidad, la infancia de la fotografí­a, el cinematógrafo o el fonógrafo, el telégrafo y la aviación. Todos ellos impactos en las formas de vida y en la cultura equiparables, si no mayores, a los que nosotros vivimos. Aunque es cierto que todos estos impactos no se producían ni en la velocidad ni en el modo actual, ni al mismo ritmo en unos lugares y en otros; medios de comunicación más lentos y mayor í­ndice de analfabetismo. Aún así­, por ello, porque es la época dorada del ilusionismo, los magos de hoy estudiamos los procedimientos de los magos de ayer (y también porque la psicología profunda del ser humano no ha cambiado en milenios):

A mediados del siglo XIX, Jean Eugene Robert-Houdin en su teatro de Parí­s se presentaba con una carpeta de dibujo de tres centí­metros y medio de grosor, de ella sacaba algunas láminas, un par de sombreros de señora, uno de terciopelo negro con una pluma blanca y otro de raso rosa adornado con flores, cuatro palomas vivas, una gran cacerola llena de habichuelas, otra repleta de agua y una tercera de fuego, una jaula con varios canarios y un niño de seis años.

En los comienzos del siglo XX el austriaco Ottokar Fischer colocaba sobre una mesa de cristal una caja de té de unos 25 cm. de ancho por 18 de alto y 18 de fondo. De ella sacaba un molinillo de café, un azucarero, una jarrita, una taza de café, una lata de galletas, dos moldes de pan, un queso, una lámpara, una jaula, tres ramos de flores, seis carteras o bolsos de señora y dos cestas.

El británico Joseph Michael Hartz sacaba cien metros de cinta, siete cajas repletas de puros, siete lámparas encendidas, un canario en su jaula, veinte copas de plata y dieciocho de cristal, una peluca, una calavera, una docena de botellas de champaña, cientos de naipes, una docena de pañuelos grandes de seda, una muñeca, un tazón de porcelana y una pecera. Todo esto de su sombrero. Por cierto que ha habido disputas sobre quien fue el primer mago en hacer aparecer un conejo en una chistera, lo único que sabemos con seguridad es que en 1830, el escocés John Henry Anderson «El gran brujo del norte», hizo aparecer dos conejos de su sombrero.

Detrás de todo esto quizá esté el mito que surge en torno al siglo V a. de C. del cuerno de la abundancia, capaz de ofrecer a su poseedor cualquier cosa deseada. Pero ésta, es ya otra historia.

The Great Wizard of the North — Gatherings Partnership

Más sobre mí y mis magias en los enlaces de arriba y en http://www.navarcadabra.com

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