Festival de teatro de Olite ¿Cómo empezó todo?

// julio 23rd, 2018 // Noticias, Opinión

Festival de Teatro de Olite

Durante unas cuantas ediciones, el Festival de Teatro de Olite lo ha sido de teatro clásico. En ésta que se celebra hasta el 4 de agosto, la núm. XIX, se abre a otras épocas y tendencias. Quizá poco a poco se encamine a lo que fueron sus inicios. Un festival para todos que empezó con Valentín Redín (1944-2010). Si en 2018 el festival de teatro de Olite esta celebrando su edición decimonona esto nos retrotrae como primer festival al de 1999. Pero ese año no es el inicio de todo. Solo fue el primer año en que se decidió enfocarlo hacia el teatro clásico. Y con ese adjetivo: Festival de teatro clásico de Olite ha venido desarrollándose hasta ahora. Pero el festival de Olite, empezó en 1981.

La idea de un  festival de teatro, música, danza

Valentín Redín, entonces jefe -o director o como se llamase su cargo- de Protocolo del ayuntamiento de Pamplona, estaba en comisión de servicios o algo así, en la Institución Príncipe de Viana: a todos los efectos era el “ministerio” de cultura de Navarra. Redín se ocupaba entre otras cosas de la programación teatral. Además dirigía y lideraba la Cía. El Lebrel Blanco. En pocas palabras: un grupo teatral surgido en 1970 a partir de experiencias anteriores y que aglutinaría a diversas generaciones, con intereses dispares desde el amateur al profesional, del teatro de consumo infantil en matinales dominicales al teatro político. Su momento de más popularidad con premios de ámbito estatal y participación en festivales como el de Sitges coincide con la transición política a la democracia. En abril de 1978 su Pequeño Teatro sufrió un atentado con bomba. La compañía ya nunca tendría de nuevo un teatro propio pero se convertiría en una referencia cultural y política. Quizá los montajes más representativos de aquel grupo teatral independiente navarro sean: “1789, la ciudad revolucionaria no es de este mundo”, “Navarra sola o con leche” y “Utrimque Roditur”.

Este es el contexto en el que hay que situar a Valentín Redín cuando en 1981, nos encontrábamos ambos en su natal Olite, rebuscando por las almenas del castillo, ya no recuerdo qué cosa o quizá viendo posibilidades de transportar material para una representación. Es entonces, en los primeros meses de aquel año, cuando Valentín me dice algo así asomado a las murallas: “El año que viene igual me organizo aquí un  festival de teatro, quiero ver a Lindsay Kemp”. No esperó al año siguiente. Aquel agosto se iniciaría el festival de Olite. Valentín Redín era así. Vió las posibilidades del castillo como atractivo turístico, empezó a pensar donde situar las gradas, a quienes involucrar como colaboradores y ¡presto! Su ingenio y creatividad, su situación de funcionario cultural con poder ejecutivo, su capacidad de trabajo, hicieron el milagro. ¡Ah! También su capacidad para crear expectativas. En rueda de prensa en primavera dijo que Pink Floyd vendrían a tocar colgados en plataformas de las almenas. Así era Valentín Redín y quizá por ello sembraba tanto filias como fobias. Pero ni el teatro ni la promoción cultural en la transición y en los primeros años de la democracia pueden entenderse sin él.

¿Cómo fue el festival de teatro de Olite?

Lindsay Kemp vendría al año siguiente. Pero en 1981 entro otros artistas y compañías estuvieron Alaska y los Pegamoides, la cía. de Nuria Espert y el Ballet Folclórico de Checoeslovaquia. De modo que ya puede verse la variedad de público al que tentaba Valentín Redín. El éxito fue total. Además con colaboraciones como la del pintor Mariano Royo (1949-1985) se intervino con instalaciones en los espacios urbanos de Olite. Hubo también cursos y exposiciones. Lo que yo recuerdo del año siguiente, 1982, es a Lindsay Kemp con su “Sueño de una noche de verano”, a Marcel Marceau y a José Luis Gómez con su “Edipo Rey”. Claro que hubo más, mucho más; Alicia Alonso, la orquesta de RTVE, etc. y cursos como el de Karmen Larumbe ballet (¿o fue al año siguiente? No importa mucho). En 1983 el festival pasa a manos de otros gestores de la propia Príncipe de Viana; Jesús María Bengoechea, con ayuda de Tako Pezonaga. El festival fue a más y entre fin de semana y fin de semana de agosto se quería convertir en una “universidad” de verano. Talleres, exposiciones, cursos, encuentros de artistas. En los años siguientes iría cambiando de gestores y de propósitos. En 1984 comienza lo que fue una descentralización llevando a las distintas cabeceras de comarca los distintos temas de los Festivales de Navarra. Olite dejaba de ser la sede única del festival.

Los teatros de los años ochenta

Hay que situarse en cómo eran las infraestructuras teatrales de Navarra entonces para entender el éxito de la propuesta de Olite como un festival de verano para acoger propuestas de gran formato o recorrido internacional. Hoy existen en Navarra algo más de treinta espacios escénicos en red. Además de unos cuantos que no son propiamente teatros pero en los que pueden realizarse funciones: salas de cultura, algunas bibliotecas y salas de usos múltiples. Pero se cuenta con esa treintena de teatros. La mayoría inaugurados en el siglo XXI. Por ejemplo el de Tafalla es de 2015. En su viejo teatro, en la época del inicio del festival de Olite, hemos actuado con cubos para las goteras distribuidos por todo el escenario. El de Alsasua es de 2003, en el anterior teatro, a mediados de los años ochenta la tablas del escenario se hundían bajo nuestros pies; el decorado se nos quedaba clavado por su propio peso. Hacer teatro se circunscribía casi siempre a montajes que no requiriesen maquinaría escénica, adaptables a frontones, gimnasios, atrios de iglesia, etc. y a suplir con los medios propios de cada compañía las graves carencias de luz y sonido en los escasos teatros que así podían llamarse, excepción del Gaztambide de Tudela y el Gayarre de Pamplona (aún así hoy reedificado en su solar el primero y reformado el segundo, entonces sus limitaciones técnicas hacían que pusiésemos siempre nuestros propios focos).

Una propuesta asequible, una invitación a viajar

En este contexto Valentín Redín tiene la idea que ayuda a entender el éxito del festival de teatro de Olite -además de la programación, el marco monumental de su castillo y la inversión en tecnología y medios materiales-. La entrada a los espectáculos costaba 200 pts. Un precio entonces muy asequible. El cine venía a costar 120 ó 140 pts. Además, esto hay que destacarlo, incluido en el mismo precio se fletaron autobuses desde los cuatro puntos cardinales de Navarra para ir y volver a las funciones principales, incluyendo bocadillo. ¿Cómo no ir?

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